Conocer las enfermedades más frecuentes en pediatría no solo ayuda a los profesionales del ámbito sanitario a actuar con rapidez y eficacia, sino que también proporciona a madres, padres y cuidadores las herramientas necesarias para responder con seguridad ante los primeros signos de alerta. La información es, en este sentido, una de las mejores formas de protección para la salud de los más pequeños.
Además del diagnóstico y el tratamiento adecuado, la prevención juega un papel fundamental. La vacunación, los controles periódicos de salud, una buena higiene y la educación sanitaria en el entorno familiar son elementos clave para evitar muchas de estas patologías o, al menos, reducir su impacto. A través de hábitos saludables y una atención precoz, es posible minimizar riesgos y contribuir al bienestar integral del niño.
Este artículo recoge las patologías más habituales en la infancia, sus síntomas más característicos y los tratamientos disponibles en la actualidad. Un contenido especialmente útil tanto para profesionales que trabajan en el ámbito de la salud y la educación infantil, como para cualquier persona interesada en mejorar sus conocimientos en pediatría desde un enfoque práctico y actualizado.
Índice
- Enfermedades respiratorias en niños
- Enfermedades gastrointestinales en pediatría
- Enfermedades infecciosas más comunes en niños
- Enfermedades alérgicas y dermatológicas en niños
- Prevención y cuidados generales
Enfermedades respiratorias en niños
Las enfermedades respiratorias son una de las causas más frecuentes de consulta pediátrica, especialmente durante los meses más fríos del año.
El aparato respiratorio de los niños, aún en desarrollo, los hace especialmente vulnerables a infecciones víricas y bacterianas que pueden afectar desde las vías respiratorias superiores, como la nariz y la garganta, hasta las inferiores, como los bronquios o los pulmones.
Conocer los síntomas característicos, los factores de riesgo y las opciones de tratamiento resulta fundamental para actuar a tiempo y evitar complicaciones.
Resfriado común
El resfriado común es una de las infecciones respiratorias más frecuentes en la infancia. Está causado por virus, como los rinovirus o los coronavirus, y se transmite fácilmente por el contacto directo con secreciones o superficies contaminadas. Aunque suele ser leve, puede generar malestar y afectar temporalmente el ritmo de vida del niño, especialmente en edades tempranas.
Entre los síntomas más habituales se encuentran la congestión nasal, los estornudos, la tos leve a moderada, la fiebre baja y, en algunos casos, dolor de garganta o malestar general. Los síntomas suelen aparecer de forma progresiva y alcanzar su pico entre el segundo y el cuarto día.
El tratamiento del resfriado común es sintomático, ya que al tratarse de una infección vírica, los antibióticos no están indicados. Se recomienda mantener una buena hidratación, utilizar suero fisiológico para limpiar las fosas nasales, garantizar el descanso del niño y, si es necesario, administrar antitérmicos bajo prescripción médica para controlar la fiebre.
La prevención pasa por reforzar las medidas de higiene, como el lavado frecuente de manos, ventilar los espacios cerrados y evitar el contacto cercano con personas enfermas. También es importante enseñar a los niños a cubrirse la boca al toser o estornudar y a no compartir utensilios personales.
Bronquiolitis
La bronquiolitis es una infección respiratoria aguda que afecta principalmente a bebés y niños menores de dos años. Se produce cuando los bronquiolos, que son las vías respiratorias más pequeñas dentro de los pulmones, se inflaman y se obstruyen debido a una infección, normalmente causada por el virus respiratorio sincitial (VRS). Debido a que el sistema respiratorio de los lactantes aún no está completamente desarrollado, esta patología puede complicarse con mayor facilidad que en niños mayores.
Los primeros síntomas suelen parecerse a los de un resfriado: mucosidad nasal, tos y fiebre leve. Sin embargo, en pocos días pueden evolucionar a dificultad para respirar, respiración acelerada, sibilancias (pitidos al respirar), pérdida de apetito y fatiga. Es fundamental observar estos signos y actuar con rapidez si se agravan.
Se debe acudir al médico cuando el niño presenta respiración agitada, hundimiento de las costillas al inhalar, dificultad para alimentarse, decaimiento o fiebre persistente. En algunos casos, especialmente en menores de tres meses o con factores de riesgo, puede requerirse hospitalización.
El tratamiento suele ser de apoyo: mantener al bebé bien hidratado, realizar lavados nasales frecuentes y asegurar un ambiente húmedo y libre de humo. No se recomienda el uso de antibióticos salvo que haya infección bacteriana asociada. En casos moderados o graves, puede ser necesaria la administración de oxígeno o broncodilatadores en un entorno hospitalario.
Para la prevención, es importante evitar el contacto con personas resfriadas, lavar frecuentemente las manos, limpiar juguetes y superficies, y limitar la exposición del bebé a lugares muy concurridos durante la temporada de virus respiratorios, especialmente en otoño e invierno.
Neumonía infantil
La neumonía infantil es una infección que afecta directamente al tejido pulmonar, provocando inflamación de los alvéolos, que pueden llenarse de líquido o pus, dificultando la respiración. Es una de las complicaciones respiratorias más importantes en la infancia y puede estar causada por virus, bacterias o, en casos menos frecuentes, por hongos.
Los síntomas clave incluyen fiebre alta, tos persistente, dificultad para respirar, dolor torácico y, en ocasiones, escalofríos y decaimiento general. También puede observarse un aumento en la frecuencia respiratoria y pérdida de apetito. Ante estos signos, es fundamental acudir al pediatra para una evaluación adecuada.
El diagnóstico suele basarse en la exploración clínica, la auscultación pulmonar y, si es necesario, en una radiografía de tórax que permita confirmar la afectación pulmonar. Los análisis de sangre también pueden ayudar a determinar el origen de la infección.
Una de las claves en el abordaje de esta enfermedad es diferenciar entre neumonía viral y neumonía bacteriana. La neumonía viral suele tener una evolución más gradual y los síntomas pueden ser similares a los de una gripe. En cambio, la bacteriana aparece de forma más brusca, con fiebre elevada y síntomas más intensos. Esta diferencia es esencial para definir el tratamiento, ya que solo en el caso de infecciones bacterianas se recurre al uso de antibióticos.
El tratamiento dependerá de la causa, la edad del niño y la gravedad del cuadro. En casos leves, puede manejarse en casa con seguimiento médico, mientras que en situaciones más graves se requiere ingreso hospitalario para administrar medicación intravenosa y oxigenoterapia.
Enfermedades gastrointestinales en pediatría
Las enfermedades gastrointestinales son muy comunes en la infancia y, aunque en la mayoría de los casos se presentan como cuadros leves y autolimitados, pueden llegar a afectar seriamente el bienestar del niño si no se tratan adecuadamente.
El aparato digestivo de los más pequeños todavía está en desarrollo, por lo que es más susceptible a infecciones, intolerancias o desequilibrios que pueden manifestarse a través de síntomas como dolor abdominal, vómitos, diarrea o reflujo.
En esta etapa de la vida, las infecciones víricas son una de las principales causas de trastornos gastrointestinales, aunque también pueden intervenir factores como la alimentación, la higiene o la exposición a agentes patógenos en entornos escolares. Reconocer los síntomas a tiempo y saber cuándo consultar con un profesional sanitario es clave para evitar complicaciones, especialmente en casos donde existe riesgo de deshidratación o pérdida de peso.
En este bloque analizaremos las patologías digestivas más habituales en pediatría, sus síntomas, los tratamientos más indicados y las medidas de prevención que permiten proteger la salud digestiva desde los primeros años de vida.
Diarrea y gastroenteritis
La diarrea y la gastroenteritis son dos de los motivos más frecuentes de consulta pediátrica, especialmente durante los primeros años de vida. Ambas condiciones se caracterizan por la evacuación de heces líquidas o semilíquidas con mayor frecuencia de lo habitual, y suelen ir acompañadas de otros síntomas como dolor abdominal, fiebre, náuseas o vómitos.
Entre las principales causas se encuentran las infecciones provocadas por virus —siendo el rotavirus uno de los más comunes—, bacterias como la Salmonella o la Escherichia coli, y, en menor medida, parásitos intestinales. También pueden estar relacionadas con cambios en la dieta, consumo de alimentos en mal estado o intolerancias alimentarias, como la intolerancia a la lactosa.
Uno de los riesgos más importantes asociados a la diarrea en niños es la deshidratación, ya que la pérdida excesiva de líquidos y sales minerales puede producir desequilibrios peligrosos para su salud. Es fundamental ofrecer líquidos con frecuencia, preferiblemente soluciones de rehidratación oral, especialmente diseñadas para restablecer el equilibrio electrolítico en casos de gastroenteritis.
Para prevenir la deshidratación es importante observar si el niño orina menos de lo habitual, tiene la boca seca, está decaído o presenta fontanelas hundidas (en el caso de los bebés). Ante cualquiera de estos signos, se debe consultar de inmediato con un pediatra. Además, se debe mantener la alimentación habitual en la medida de lo posible, evitando forzar la ingesta pero ofreciendo comidas suaves y fáciles de digerir.
Entre las medidas de prevención destacan el lavado frecuente de manos, la correcta manipulación y conservación de los alimentos, el consumo de agua potable y la vacunación frente al rotavirus, recomendada en muchos calendarios vacunales. Estos hábitos son fundamentales para reducir el riesgo de contagio y proteger la salud digestiva infantil.
Reflujo gastroesofágico en bebés
El reflujo gastroesofágico es un fenómeno común durante los primeros meses de vida, en el que el contenido del estómago regresa al esófago, provocando regurgitaciones o vómitos. En la mayoría de los casos, se considera un proceso fisiológico normal del desarrollo digestivo del bebé, que tiende a resolverse de forma espontánea hacia los 12 o 18 meses de edad.
Entre las causas más frecuentes se encuentra la inmadurez del esfínter esofágico inferior, una válvula que separa el esófago del estómago y que, en los primeros meses, aún no funciona de manera eficiente. También pueden influir factores como la alimentación líquida, el hecho de pasar mucho tiempo tumbado o la sobrealimentación.
Los síntomas más habituales del reflujo en bebés son las regurgitaciones después de las tomas, vómitos leves, irritabilidad, llanto frecuente, tos o hipo. En algunos casos, puede asociarse a dificultades para ganar peso, alteraciones del sueño o rechazo del alimento.
En la mayoría de los casos, el reflujo no requiere un tratamiento específico y puede manejarse con medidas posturales y alimentarias, como mantener al bebé en posición semiincorporada después de las tomas, fraccionar las tomas en cantidades más pequeñas o espesar la leche si así lo indica el pediatra.
Se debe consultar con el pediatra cuando el reflujo es persistente y afecta al crecimiento, si hay signos de dolor importante, vómitos con sangre, dificultad respiratoria o si se sospecha de una posible enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE), una forma más severa que puede requerir tratamiento médico con fármacos inhibidores de la acidez o, en casos excepcionales, valoración especializada.
Enfermedades infecciosas más comunes en niños
Durante la infancia, el sistema inmunológico aún se encuentra en proceso de maduración, lo que hace que los niños sean más propensos a contraer diferentes tipos de infecciones. Las enfermedades infecciosas en esta etapa suelen estar causadas por virus o bacterias, y aunque muchas de ellas se presentan de forma leve y autolimitada, es importante identificarlas correctamente para aplicar el tratamiento adecuado y evitar posibles complicaciones.
El contacto frecuente con otros niños en entornos como guarderías, escuelas o parques facilita la transmisión de estos agentes infecciosos, especialmente cuando no se han adquirido aún todas las defensas naturales. Además, algunas de estas enfermedades pueden ser altamente contagiosas y requerir medidas específicas de aislamiento o control.
En este apartado abordaremos las infecciones más habituales en la infancia, como la varicela, la otitis media o las infecciones del tracto urinario. Analizaremos sus síntomas más comunes, cómo se diagnostican, qué tratamientos existen actualmente y qué medidas de prevención pueden adoptarse para reducir el riesgo de contagio en el entorno familiar y escolar.
Varicela
La varicela es una enfermedad infecciosa muy común en la infancia, causada por el virus varicela-zóster. Aunque suele cursar de forma leve en la mayoría de los niños sanos, es altamente contagiosa y requiere cuidados específicos para evitar complicaciones y prevenir su propagación en el entorno familiar y escolar.
Los síntomas iniciales pueden incluir fiebre moderada, malestar general y pérdida de apetito. A los pocos días aparece el signo más característico: una erupción cutánea en forma de pequeñas ampollas que provocan un intenso picor. Estas lesiones evolucionan rápidamente, pasando por fases de enrojecimiento, formación de vesículas, costras y, finalmente, curación sin dejar cicatriz en la mayoría de los casos. El proceso completo puede durar entre 7 y 10 días.
La varicela es contagiosa desde uno o dos días antes de la aparición de las erupciones y hasta que todas las lesiones han formado costra, momento en el que ya no existe riesgo de transmisión. El virus se propaga fácilmente por el aire, a través de gotitas respiratorias, o por contacto directo con las lesiones de la piel.
Durante el periodo de contagio, se recomienda mantener al niño en casa y evitar el contacto con personas vulnerables, como mujeres embarazadas, recién nacidos o personas inmunodeprimidas. No se deben rascar las lesiones para evitar infecciones secundarias, y es aconsejable mantener las uñas cortas y limpias. Los baños diarios con agua templada y jabón neutro pueden aliviar el picor, junto con el uso de lociones específicas recomendadas por el pediatra.
En la mayoría de los casos, el tratamiento es sintomático, con antitérmicos y antihistamínicos orales si hay picor intenso. Solo en situaciones especiales, como en niños con riesgo de complicaciones, el médico puede valorar el uso de antivirales. La vacunación frente a la varicela es una herramienta clave para prevenir la enfermedad o reducir su gravedad, y está incluida en muchos calendarios vacunales.
Otitis media
La otitis media es una inflamación del oído medio muy frecuente en niños, especialmente entre los 6 meses y los 3 años de edad. Se produce habitualmente como una complicación de infecciones respiratorias, como el resfriado común, cuando los virus o bacterias ascienden desde la garganta a través de la trompa de Eustaquio y causan inflamación o acumulación de líquido detrás del tímpano.
Los síntomas típicos incluyen dolor de oído (que puede intensificarse por la noche), fiebre, irritabilidad, llanto inconsolable, pérdida de apetito y, en algunos casos, supuración si se produce una perforación del tímpano. Los bebés pueden tocarse la oreja con frecuencia o mostrar signos de incomodidad sin una causa aparente.
La otitis media está estrechamente relacionada con los resfriados, ya que la mucosidad y la inflamación en las vías respiratorias pueden favorecer su aparición. Por eso, es importante controlar adecuadamente las infecciones respiratorias y mantener una buena higiene nasal con lavados de suero fisiológico, especialmente durante los meses de frío.
En muchos casos, la otitis media tiene un origen viral y tiende a resolverse por sí sola en pocos días, por lo que no siempre se requiere el uso de antibióticos. El tratamiento inicial suele consistir en el uso de analgésicos y antipiréticos para aliviar el dolor y controlar la fiebre. Sin embargo, si los síntomas persisten más de 48-72 horas, la fiebre es elevada o el niño presenta un cuadro clínico más severo, el pediatra puede valorar la necesidad de iniciar un tratamiento antibiótico.
La prevención incluye medidas como evitar la exposición al humo del tabaco, no acostar al bebé con el biberón y fomentar la lactancia materna, que ayuda a fortalecer el sistema inmunológico. También es importante mantener actualizado el calendario vacunal, ya que algunas vacunas ayudan a reducir el riesgo de otitis causadas por ciertas bacterias.
Infección urinaria infantil
La infección del tracto urinario (ITU) en la infancia es una afección relativamente frecuente, sobre todo en los primeros años de vida, y puede afectar tanto a niñas como a niños. Se produce cuando bacterias —habitualmente Escherichia coli— ingresan en la uretra y se multiplican en la vejiga o, en casos más graves, ascienden hasta los riñones.
Uno de los principales retos es su identificación en bebés, ya que los síntomas pueden ser poco específicos. En lactantes, los signos de alerta incluyen fiebre sin causa aparente, irritabilidad, rechazo del alimento y, en algunos casos, mal olor en la orina o cambios en el patrón de micción. En niños más mayores, los síntomas son más reconocibles: dolor o escozor al orinar, micción frecuente, dolor abdominal o lumbar y orina turbia o con sangre.
El diagnóstico se confirma mediante un análisis de orina y, en algunos casos, un cultivo que permite identificar la bacteria responsable y su sensibilidad a los antibióticos. En bebés, la recogida de orina debe realizarse con técnicas adecuadas para evitar contaminaciones, como el uso de bolsas estériles o cateterismo si lo indica el profesional sanitario.
El tratamiento de la infección urinaria infantil suele requerir el uso de antibióticos, cuya elección y duración dependerán de la edad del niño, la gravedad del cuadro y los resultados del cultivo. En casos leves, se puede administrar tratamiento ambulatorio por vía oral; si se trata de un bebé pequeño o existe afectación renal, puede ser necesario el ingreso hospitalario y la administración de medicación por vía intravenosa.
Es fundamental completar todo el ciclo del tratamiento, incluso si los síntomas mejoran antes de tiempo, para evitar recaídas o resistencias bacterianas. Tras una infección urinaria, en algunos casos se indica un estudio por imagen (como una ecografía renal) para descartar malformaciones del tracto urinario que favorezcan su aparición.
Enfermedades alérgicas y dermatológicas en niños
Las enfermedades alérgicas y dermatológicas son cada vez más frecuentes en la infancia, y su diagnóstico temprano es clave para mejorar la calidad de vida del niño. En muchos casos, se manifiestan de forma conjunta o están relacionadas con antecedentes familiares, factores ambientales o una mayor sensibilidad del sistema inmunológico durante los primeros años de vida.
Entre las afecciones más comunes se encuentran las alergias alimentarias y la dermatitis atópica, que pueden generar síntomas persistentes e incómodos si no se detectan y abordan de forma adecuada. Aunque muchas de estas patologías no son graves, pueden interferir en la alimentación, el descanso o el bienestar general del niño.
En este apartado analizaremos las causas más frecuentes de estas enfermedades, sus síntomas característicos, los tratamientos recomendados y las principales estrategias de prevención y control desde el entorno familiar y sanitario.
Alergias alimentarias
Las alergias alimentarias son reacciones del sistema inmunológico que se producen tras la ingesta, incluso en pequeñas cantidades, de determinados alimentos. En la infancia, son una de las causas más comunes de consulta en alergología pediátrica y pueden aparecer desde los primeros meses de vida, especialmente con la introducción de nuevos alimentos durante la alimentación complementaria.
Los alimentos más alergénicos en niños suelen ser la leche de vaca, el huevo, los frutos secos (especialmente cacahuetes), el pescado, el marisco, el trigo y la soja. Las reacciones típicas pueden aparecer de forma inmediata o diferida, e incluyen síntomas como urticaria, picor en la piel o en la boca, hinchazón de labios o párpados, dolor abdominal, vómitos y, en casos más graves, dificultad para respirar.
Ante una reacción alérgica severa, conocida como anafilaxia, es fundamental actuar con rapidez. Este tipo de reacción puede aparecer en pocos minutos y supone una urgencia médica. Los síntomas incluyen dificultad respiratoria, descenso de la presión arterial, pérdida de conciencia y sensación de opresión en el pecho. En estos casos, se debe administrar adrenalina autoinyectable (si está prescrita) y acudir de inmediato a un servicio de urgencias.
La prevención pasa por una detección temprana mediante pruebas diagnósticas específicas indicadas por el pediatra o alergólogo, y por el control estricto de la dieta. Es fundamental leer con atención las etiquetas de los productos, informar al entorno escolar y familiar sobre la alergia, y contar con un plan de actuación ante emergencias bien definido. En muchos casos, las alergias alimentarias pueden superarse con el tiempo, aunque requieren seguimiento médico continuo.
Dermatitis atópica
La dermatitis atópica es una enfermedad inflamatoria crónica de la piel que afecta a un número creciente de niños, especialmente durante los primeros años de vida. Se manifiesta a través de brotes de eccema, sequedad intensa y picor persistente, y aunque su evolución es variable, suele mejorar con la edad o controlarse eficazmente con una rutina de cuidados adecuada.
Entre las causas de la dermatitis atópica se encuentra una combinación de factores genéticos y ambientales. Los factores de riesgo más frecuentes incluyen antecedentes familiares de enfermedades alérgicas (como asma o rinitis alérgica), alteraciones en la barrera cutánea y la exposición a agentes irritantes como el frío, el sudor, ciertos tejidos o productos de higiene agresivos.
Los síntomas se presentan en forma de zonas enrojecidas, secas, con descamación e intenso picor, que pueden aparecer en la cara, el cuello, los pliegues de codos y rodillas o el tronco, dependiendo de la edad del niño. El rascado constante puede provocar lesiones y aumentar el riesgo de infecciones cutáneas.
El tratamiento se basa en controlar los brotes y mantener la piel en buen estado entre episodios. Durante los brotes, el pediatra puede indicar el uso de corticoides tópicos de baja potencia o inmunomoduladores. En casos más severos, se valoran tratamientos sistémicos o fototerapia bajo control dermatológico.
Los cuidados diarios de la piel son fundamentales: aplicar emolientes o cremas hidratantes específicas para piel atópica al menos dos veces al día, evitar baños muy largos o calientes, usar jabones suaves y vestir al niño con ropa de algodón que no irrite la piel. También es importante identificar y evitar factores desencadenantes como el estrés, el polvo o determinados alimentos en caso de sospecha de alergias asociadas.
Prevención y cuidados generales
La prevención es uno de los pilares fundamentales de la salud infantil. Adoptar medidas preventivas desde los primeros meses de vida no solo ayuda a evitar enfermedades comunes, sino que también contribuye a establecer una base sólida para el desarrollo físico, emocional e inmunológico del niño. En este contexto, la vacunación infantil desempeña un papel clave.
Las vacunas protegen frente a múltiples enfermedades infecciosas que en el pasado causaban graves complicaciones, secuelas e incluso la muerte. Gracias a los programas de inmunización, patologías como el sarampión, la poliomielitis o la difteria han sido controladas de forma eficaz en muchos países. Seguir el calendario de vacunación oficial recomendado por las autoridades sanitarias garantiza una protección progresiva y segura, adaptada a la edad del niño y a los riesgos epidemiológicos de cada región.
Además de la inmunización, fomentar hábitos saludables es esencial para reforzar el sistema inmunológico y reducir la exposición a agentes infecciosos. Una alimentación equilibrada, rica en frutas, verduras, proteínas de calidad y agua, proporciona los nutrientes necesarios para un correcto desarrollo. El descanso adecuado, adaptado a la edad del niño, y la práctica regular de actividad física también influyen positivamente en su salud general.
La higiene personal es otro factor clave: enseñar a los niños a lavarse las manos con frecuencia, mantener una buena higiene bucal, ducharse regularmente y usar pañuelos desechables para toser o estornudar ayuda a evitar la propagación de infecciones. También es importante cuidar el entorno del niño, asegurando una ventilación adecuada en espacios cerrados, la limpieza de superficies y juguetes, y evitando el contacto con personas enfermas cuando sea posible.
Por último, es fundamental realizar revisiones pediátricas periódicas, incluso cuando el niño no presenta síntomas. Estas visitas permiten un seguimiento del crecimiento, el desarrollo psicomotor y la detección precoz de cualquier alteración de salud. La combinación de vacunas, buenos hábitos y controles médicos constituye la mejor estrategia para garantizar una infancia sana y prevenir complicaciones a corto y largo plazo.
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A lo largo del curso, el alumnado aprenderá a diferenciar las patologías respiratorias, digestivas e infecciosas más habituales, abordar casos pediátricos de diabetes mellitus, identificar las principales patologías crónicas infantiles y descubrir los protocolos de actuación en situaciones específicas como la atención sanitaria a niños inmigrantes, adopciones internacionales o la detección del maltrato infantil.